Durante treinta años, el CTO cargó con una etiqueta que se le quedaba pequeña: el jefe de los ingenieros, el que hacía que los servidores no se cayeran. Hoy, por primera vez, el mercado le está pidiendo lo que siempre debió pedirle. Y eso, lejos de ser una amenaza, es la mejor noticia que ha recibido el rol en décadas.
Me explico. La autoridad del CTO se construyó durante años sobre una sola cosa: saber más de tecnología que nadie en la sala. Ese era el pilar. La IA ha vuelto ese saber más barato y más accesible, es verdad. El CEO abre un chat y entiende en dos minutos una explicación que antes necesitaba una reunión de dos horas. Pero mira lo que pasa cuando la parte más mecánica del rol se abarata: queda espacio, por fin, para la parte que de verdad mueve una empresa.
Porque la figura del CTO siempre estuvo esperando a crecer. Durante años se contrató a programadores excelentes con un título bonito, a los que nadie pidió nunca la “C”. Nadie les exigía que entendieran el margen, que leyeran un P&L, que anticiparan cómo cambia el modelo de negocio cuando cada llamada a un modelo cuesta dinero, que decidieran qué partes del producto conviene NO automatizar. Se les contrataba para que “funcionara”. Y ahí se quedaba el techo.
Recuerdo una empresa con un técnico brillante, de esos que se saben el sistema de memoria. Fue valiosísimo hasta el día en que la pregunta del comité cambió de “cómo lo hacemos” a “deberíamos hacerlo”. Ahí se quedó callado. No porque le faltara talento, sino porque nadie le había invitado nunca a esa conversación. Hoy esa conversación es el centro del trabajo.
Y vaya conversación. Lo construimos o lo compramos. Dependemos de este proveedor o montamos lo nuestro. Qué dato dejamos salir de casa y cuál se queda dentro. Qué pasa con el margen si la inferencia se dispara. Cómo le explico al consejo que medio roadmap conviene replantearlo, y lo convierto en una ventaja en vez de en un drama. Eso es la “C”. Es la parte más difícil, la más valiosa, y la que la IA acaba de poner en el centro de la mesa.
Dos ejemplos de la misma semana lo dejan claro.
Klarna presumió a bombo y platillo de que su IA hacía el trabajo de 700 agentes de atención al cliente. Un año después, su propio CEO reconocía que la calidad se había resentido y la empresa volvía a incorporar personas. Shopify hizo algo distinto: su CEO pidió que, antes de abrir cualquier vacante, el equipo demostrara por qué la IA no podía encargarse de ese trabajo. Misma tecnología disponible para las dos. Y resultados muy distintos, según quién tuviera el criterio para decidir.
Ese es el fondo del asunto, y también la oportunidad. La IA no decide qué automatizas y qué no. No reorganiza a tu equipo sin romperlo. No se sienta delante de tu CEO y tus inversores a defender una apuesta. Eso lo hace una persona con criterio. Y esa persona, en una empresa de tecnología, debería ser el CTO. Por fin.
Lo que estamos viendo no es un rol en apuros. Es un rol naciendo de verdad. Treinta años de construir cosas que funcionaban han sido el mejor prólogo posible para el trabajo que empieza ahora: convertir la tecnología en decisiones de negocio que nadie más en la empresa sabe tomar.
En Startups Institute montamos el Bootcamp de CTO y Dirección de Tecnología precisamente para este salto: de la “T” a la “C”. Cinco semanas en directo, dirigidas por Alex Dantart (25 años en el sector, exits por más de 150M€ y más de 50 startups) junto a nueve expertos en activo. Build vs Buy vs Generate, finanzas aplicadas a tecnología, la relación con el CEO y el consejo, gestión de talento técnico cuando medio trabajo base se automatiza. Ya han pasado más de 50 CTOs por aquí (NPS 86). Es la 5ª edición y arranca el 9 de noviembre. Quedan las últimas plazas.




